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Acaba de nacer

Escrito por Cofradía Santiago. Publicado en Reflexiones Diarias

Domingo_de_ResurreccionUna sugerente imagen que emplea el Nuevo Testamento para hablarnos de la Resurrección es la de un parto. Es llamativo que las palabras más iluminadoras sobre la alegría en boca de Jesús las tengamos precisamente en los discursos de despedida en el contexto de la Pasión. Es justo frente su muerte inminente, y ante el desconcierto y la tristeza de sus discípulos, cuando Jesús nos invita a la alegría. El compara el momento de la muerte con la situación de la madre cuando va a dar a luz: “Yo os aseguro que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a parir está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando el niño le ha nacido, ya no se acuerda del dolor, por el gozo de que ha traído una criatura al mundo. También vosotros estáis tristes ahora; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os podrá quitar vuestra alegría” (Jn 16, 20-22). Jesús está hablando de una alegría íntima y serena que nadie puede arrebatar. De una alegría que no sólo sigue al dolor, sino que nace precisamente en la cruz. “Vuestra tristeza se convertirá en alegría”. Resucitar es entrar en la alegría de Dios para siempre. Para referirse a nuestro destino final, Pablo, en la carta a los Romanos, utiliza también la imagen del parto (cf. Rm 8,18.22-23).

 

Hace años la BBC emitió una serie de programas dedicados al más allá. Se planteaba a un grupo de personas, creyentes o no, de diversas confesiones y nacionalidades, la misma pregunta: “¿Qué espera Vd. personalmente después de la muerte?”. Una de las respuestas que más llamó la atención fue la que dio el cardenal belga Leo J. Suenens (1904-1996), uno de los padres del Vaticano II: “Espero acabar de nacer”. ¿Qué pasa después de la muerte? Es la pregunta. La que todos nos hacemos. Si tras la muerte no hubiera más que la nada, entonces la vida sería un sinsentido y los que creemos en Jesús seríamos los más desgraciados de los hombres, como dice Pablo (cf. 1Cor 15,19). Nunca llegaríamos a comprender ni el sufrimiento ni el amor. Porque sólo a la luz de la eternidad se comprenden ambas realidades. El sufrimiento no se explica más que como el dolor de un parto. Tampoco podemos entender en profundidad el amor, sino como una exigencia de eternidad. “Los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Nos resistimos a amar y ser amados sólo temporalmente. Necesitamos que el amor no acabe nunca (cf. 1Cor 13,8), que dure siempre. Desde esta perspectiva la Resurrección de Jesús anticipa nuestro nacimiento… a la vida eterna. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

 

Ramón Sala OSA

 

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