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Pregón de la Semana Santa 2013 Bilbao - Ramón Múgica

Escrito por Cofradía Santiago. Publicado en Noticias

PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE BILBAO

 
Ramón Múgica Alcorta
 
13 de marzo de 2013
 
SALUTACIÓN
 
Señor Deán y Presidente y Cabildo de la Santa Iglesia Catedral del Señor Santiago;
 
Señor Presidente de la Hermandad de Cofradías Penitenciales de la Villa de Bilbao;
 
Abades, Hermanos Mayores y Cofrades
 
Bilbaínas y bilbaínos, de aquí y de allí, de nacimiento, residencia yvoluntad... Hoy todos bilbaínos,
 
VA EL PREGÓN.
 
PRIMERA PARTE: DONDE SE DA RAZÓN DE CÓMO HA LLEGADO QUIEN LES DIRIGE ESTE PARLAMENTO APREGONERO DE LA SEMANA SANTA BILBAÍNA

Cuando me transmitieron la invitación a dirigir este pregón o anuncio de la Semana Santa me estremecí, me hinché y me emocioné: las tres cosas a la vez. Pero sobretodo me sorprendí; más se sorprendió mi esposa, que me conoce mejor que yo (uno siempre tiende a juzgarse con indulgencia y a descubrirse virtudes imaginarias) y pensó que se trataba de una broma. Pero la estupefacción traspasó los muros de la casa familiar. Y así Bilbao amaneció muda de asombro con la inesperada designación de este pregonero. En ninguna quiniela entraba. Anduvo la Villa revuelta, haciéndose toda lenguas y especulaciones, sin acertar a responder a cómo había sido. Los suspicaces hablaban de tongo; incluso algunos me han llegado a parar en plena calle para someterme a inmisericorde escrutinio sobre mis desconocidos méritos, pero yo, después de haberla ensayado a conciencia ante el espejo, ponía una mirada ambigua que elevaba a la estratosfera, para que imaginara el pesquisidor que poseo “longa manu” en las altas instancias vaticanas, dejándole así sumido en desazonadora duda, pues tengo bien comprobado que la impresión que se causa en otros de gozar de tan poderosas alianzas le eleva a uno al pedestal del respeto y de la admiración ciudadana. 

Pero nada de lo maliciado es cierto. La única verdad es que he sido elegido sin trampa ni tacha. 
 
Y a puerta gayola. A puerta gayola doy comienzo esta faena. No porque esté hincado de rodillas en el suelo, que es evidente que no, aunque ello fuera muy apropiado a la Semana Santa que se avecina; no porque me proponga arrancar un ¡ayyy! de pavor al tendido, que tal es la seña de identidad de esa suerte taurina. No: a puerta gayola porque me arranco con un farol temerario. 
 
 
Mi farol es que no podía haberse elegido un pregonero mejor. He de felicitar a la Hermandad de Cofradías por su buen tino. Verán: hace días que he dado con la razón de tal honor: hay personalidades que brillan tanto que su sola presencia eclipsa el pregón y al final hay pregonero pero se volatiliza el mensaje, por muy bueno que este sea. Conmigo no puede, no puede, suceder así. Pero, claro, el riesgo se traslada ahora al mensaje. Si volatilizado, invisible el pregonero,… queda su mensaje y en él se concentra la atención. También hay remedio para mis temores sobre este respecto. Sé por experiencia que el lector, en función de su calidad personal, es capaz de hacer buenas... obras literarias que en origen son mediocres. El mensaje puede ganar mucho según cómo sea quien lo recibe; como recuerda la parábola del sembrador, depende de en qué suelo caiga la semilla. Esta es mi esperanza, la de que sean ustedes como el prestidigitador: que la piedra que lanzo se haga paloma gracias a tu magia.  
 
Voy a proponerles un viaje de lo sensible a lo espiritual. Para ello comenzaré por apelar a la memoria.
 
La memoria de los historiadores trata de llegar a los orígenes. Las Cofradías de la Pasión comienzan a surgir en toda Europa a partir del siglo XIII, coincidiendo con la serie de desgracias (guerras, peste negra,...) que asolaron el continente. Pero será en el siglo XVI, con el impulso que les dio el Concilio de rento, cuando queden completamente definidas. Nacidas como hermandades de oficios se convierten en cofradías penitenciales. El dominico valenciano San Vicente Ferrer, que realizó una gira por diversas naciones europeas, recaló en Bilbao en 1408, con una compañía de disciplinantes, predicando penitencia. Cuenta la leyenda que, aunque hablaba en su lengua, los asistentes le entendían en euskera.
 
Mi memoria no llega tan atrás. Mis primeros recuerdos de la Semana Santa bilbaína, difusos y fragmentarios, tienen que ver con lo sensorial. La policromía de las allas, con su pátina y su reluciente brillo; sobre los Pasos, racimos de velas de trémula llama; la blancura lunar, de pan candeal, de los pies descalzos sobre el asfalto (que es algo que no puede dejar de impresionar a un chaval); el olor de la cera derritiéndose...; y los sonidos: las cornetas, con sus floreados alardes; los estruendosos y rítmicos tambores, cuyo eco resuena en el corazón; los redobles en los parches, que denotan la mano experta; el tremolar de pendones y estandartes... A mí las bandas de las cofradías sencillamente me embriagaban. Con no poca habilidad, frunciendo diestramente los labios para dejar la exacta abertura, me pasaba mitando durante muchos días los instrumentos de percusión y viento de las procesiones, para desquiciamiento de mi familia (no es cosa de hacerles ahora una demostración vaya!); debía de ser torturador, porque me valió alguna expulsión fulminante de la mesa. 
 
Recuerdo la procesión en la Ribera, flanqueada la calle de sillas de tijera traídas de la Misericordia, y el derecho de asiento se pagaba a un duro; y cuando ya en la Gran Vía se oía a lo lejos, subiendo por el Puente del Arenal (antes Puente de Isabel II), como un rumor de olas rompiendo en espuma brava, el avance de la marea procesional; cada vez sonaba más cerca, pero no acababa de llegar... y la expectación iba in crescendo.
 
¡Ya viene, se está acercando!
La corneta anuncia al viento
Con su desgarrado acento
Que muy pronto llega el Paso.
...Pero el Paso avanza lento.
 
Cuando al fin llegaba era como el paso de un ave migratoria:
 
Fugaz el paso del paso
Es sólo visto y no visto
Mas deja en el alma un rastro
Que dura un tiempo infinito
 
Y ya hablando de recuerdos más próximos hay otros muchos momentos emocionantes, y es lástima no tener tiempo para inventariarlos todos, dejando en el aire una sensación de imperdonable omisión: el acto final de la Procesión del Santo Entierro, cuando los cofrades, a rostro descubierto, entonan el Salve Regina en la Plaza de Moyúa y uno puede ver que les enhebra entonces una corriente como de desbordante plenitud y de envidiable sosiego; o cuando el Sábado Santo, en la Plaza de San José, bailándolos los cofrades, removiendo reminiscencias de un desplante taurino, se aproximan los pasos de Nuestro Padre Jesús del Amor y de María Santísima de la  esperanza al tiempo que cornetas y trompetas catapultan los corazones al cielo. Acontece entonces un milagro: el milagro de sentirse en comunión perfecta con los demás sin dejar de sentirse uno mismo. 
 
Todavía hoy, las mujeres de casa, que son las que salen de procesión, andan a sus afanes por esos días, revoloteando como en un aleteo de golondrinas y arrebolando únicas y capas. Todo es fiesta para los sentidos: sonido, imágenes, aromas,... que llegan al alma. Nada de esto hubiera sido posible sin el empuje de la fe callada, del amor de bilbaínos anónimos, que laborando en talleres discretos consiguen que la procesión tome la calle. Y como por ósmosis, de la retina, del oído, de la piel, va pasando el Amor DE Dios a los corazones y allí se fragua el amor A Dios, en el silencio donde Él siempre habla. 
 

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